septiembre 24, 2021

La cultura popular acelera la integración

Hace unos años en la Fiesta Nacional del Chamamé se promocionó el concepto de “Universo” chamamecero y alguien aportó la idea de que hay una “nación” que palpita y respira su vida cotidiana al compás de la música correntina. Cada edición confirma que la integración de ese cosmos cultural es algo más que un par de acordeones, guitarras y esa forma de ser de antigua hombría que se expresa de bota o alpargatas.

La presencia de ciudadanos brasileños, paraguayos y argentinos sobre el escenario y entre las butacas de cemento del Anfiteatro Cocomarola es la prueba de que la cultura popular, las vivencias cotidianas parecidas crean una unidad entre pobladores que rodean el epicentro de la música correntina.

El chamamé hace mucho tiempo tendió puentes de integración, el conjuro musical que según Julián Zini “bandea dulcemente las fronteras” tiente tanto payé que adquirió pasaporte propio que identifica a sus cultores de uno y de otro lado del río Uruguay o del Paraná.

A esta altura de los acontecimientos la idea fuerza que expresan Los de Imaguaré cuando le piden prestado el acento, la ternura, el payé para tratar de explicarle al que no entiende bien, se hizo realidad para una vasta zona geográfica que comprende Paraguay, los estados de Santa Catarina, Rio Grande do Sul, Mato Grosso, en el Brasil, la Mesopotamia el norte de Santa Fe, Chaco y Formosa en el lado argentino, aunque como lo expuso Gicela Mendez Ribeiro hasta se lo compone en Japón y seduce a públicos de la más amplia geografía global.

Toda la región comparte el ADN musical que dejaron los misioneros jesuitas que a lo largo de la vida colonial se mixturó con la que tenían los pueblos aborígenes y de esas fuentes surgió un sincretismo poderoso que derivó en un género que en cada uno de estos solares adquirió estilo y sabor particular.

El chamamé, rasguido doble, la chamarrita son parientes indiscutidos de la polca y la guarania paraguaya, que también se mixtura con los ritmos europeos que trajeron los gringos como el shotis, algo que desafía las teorías puristas que proclaman la idea de la autenticidad como si fuera una fotografía de época que no se puede modificar.

La música vive y se transforma con sus cultores. “Antonio Tarragó Ros era un innovador”, se entusiasma Juancito Güenaga, quizás el intérprete más popular del estilo de galope tendido que dejó el creador curuzucuateño y suele convertir al anfiteatro en una inmensa bailanta.

Esa transformación que siempre preserva la identidad se puede apreciar en los numerosos conjuntos de los países vecinos que visitan año tras año la Fiesta Nacional y que son contratados en las pistas y clubes a lo largo de las costas del Paraná y el Uruguay, de uno u otro lado de la frontera.

Este año lo demostraron a lo largo de las noches de Fiesta Alejandro Brittes que es un argentino asentado en Brasil, al igual que el guitarrista Lucio Yanel  o Los Pibes del Chamamé que tienen origen correntino pero viven Paraguay.

Lo atestiguan cultores paraguayos como Ismael Echagüe y su Guitarra Norteña o “Efrén Camba í” Echeverría declarado por UNESCO como tesoro humano vivo, o la lujosa actuación del arpista Francisco Giménez; Catalino Gil o el pequeño “Vichito” Echeverría y Americanta , Rolando Percy.

El chamamé brasileño también hace su aporte con lujos intérpretes que subidos al escenario reconocen el origen correntino del chamamé como Jorge Guedes y familia, o la dúctil voz de Mariana Márquez, la fuerza del gaúcho Luis Carlos Borges o la autenticidad de Shana Muller.

Claro que ese concepto de nación chamamecera también se nota entre los presentadores con la presencia de la poderosa voz que noche a noche y desde hace tiempo proclama que el género unificador de la región “From Corrientes to the world”, o de Paulo Mendonça, quienes junto a los locutores locales y de provincias vecinas anuncian a los artistas.

El chamamé como expresión cultural es vehículo eficiente de integración, mucho más que las políticas comerciales que hasta ahora solo ofrecieron oportunidad de negocios para grandes empresarios pero que en la práctica le complican la vida a los millones de ciudadanos que, de imitar a la cultura, podrían iniciar un camino efectivo de inclusión de grandes sectores sociales a los beneficios de la economía regional que tiene mucho potencial.